Lo ocurrido estos días en los municipios de Baza y Guadix nos deja una enseñanza clara: no es lo mismo un gobierno que actúa con principios, que uno que prefiere esconder la cabeza. Mientras en Guadix el Ayuntamiento condenó con firmeza el ataque a la sede del PSOE, en Baza el equipo de gobierno —del PP y la ultraderecha— ha optado por el silencio. Y no ha sido un silencio cualquiera, sino uno que duele, que desconcierta y que, la verdad es que, preocupa tanto o más que los propios ataques.
Guadix reaccionó como debe hacerlo una institución pública: con claridad, contundencia y sin ambigüedades. Entienden algo fundamental: atacar una sede política no es un acto vandálico más. Es un golpe directo a la democracia, a la posibilidad de debatir, discrepar y convivir en paz. Y cuando eso ocurre, no hay lugar para medias tintas.
Pero en Baza… en Baza la cosa ha ido por otro camino. Dos ataques a la sede del PSOE, y ni una palabra. Ni un gesto. Ni un mínimo comunicado de condena. Es como si miraran hacia otro lado, esperando que el problema se esfume solo. Y no, no funciona así. El silencio, en estos casos, no es neutral. Es un mensaje. Y el mensaje que están mandando es terrible: restar importancia a lo ocurrido. Quitarle urgencia. Quitarle gravedad.
Y es que, ¿cómo explicar que un mismo hecho reciba respuestas tan opuestas? Por un lado, la responsabilidad. Por el otro, la indiferencia. Da qué pensar, ¿verdad? Da la impresión de que para algunos la democracia es solo una palabra bonita que se usa en los discursos, pero no algo por lo que hay que mojarse cuando las cosas se ponen feas.
La verdad es que duele ver cómo se normalizan este tipo de agresiones. Duele porque una sede política no es cuatro paredes: es un espacio de trabajo, de encuentro, de participación. Es el lugar donde la gente se organiza para mejorar su pueblo. Atacarlo es como decir: “tu voz no merece respeto”. Y callar ante eso… es como secundar el mensaje.
Además, no es la primera vez que ocurre. Son ya dos ataques en Baza. Y el equipo de gobierno local —formado por el PP y la ultraderecha— sigue sin dar explicaciones. Sin condenar. Sin aparecer. Y uno se pregunta: ¿qué tendría que pasar para que reaccionen? ¿Otro ataque? ¿Uno más grave? ¿O acaso piensan que con no hablar, el conflicuto desaparece?
La democracia no es solo votar cada cuatro años. Se defiende cada día. Con gestos. Con palabras. Con presencia. Y también, cómo no, con contundencia cuando alguien la amenaza. Guadix lo ha entendido a la perfección. Han dicho: “esto no puede pasar aquí”. Y con esa simple frase, mandan un apoyo claro a los afectados y un aviso a quienes pretenden alterar la paz pública.
En cambio, el silencio de Baza no solo no apaga el fuego, sino que echa más leña al conflicto. Genera desconfianza. Divide. Y lo que es peor: debilita la credibilidad de las instituciones. La gente espera coherencia y valor en sus representantes. Espera que estén ahí cuando importa.
Al final, todo se reduce a una cuestión de prioridades. Mientras unos eligen proteger el diálogo y la convivencia, otros parecen más interesados en no molestar. O en no definirse. Y así no se construye confianza. Así no se defiende la democracia.
Ojalá el equipo de gobierno local de Baza rectifique. Ojalá entienda que su deber no es solo gestionar, sino también dar ejemplo. Condenar la violencia política no es opcional. Es una obligación democrática. Y cada minuto que pasa en silencio, es un paso atrás para todos.